Silencio atemporal
Silencio. Despertador, cama, buró, almohada. Regadera, shampoo, jabón, esponja, cepillo, pasta, calzón, pantalón. Refrigerador, aceite, olla, agua, huevos, café, jamón, sal, plato, taza, mesa, tenedor, lavabo. Camisa, corbata, saco, puerta, escalera obscura, calle, esquina, camión, escalera, torniquete, estación, metro, torniquete, escalera, calle, puerta.
Escritorio, computadora, documento, impresora, copiadora, escritorio, cafetera, documento, impresora, copiadora, escritorio-memorándum. Sala de espera, escritorio, silla, hoja rosa. Escritorio, caja, fotografía, caja, florero, caja, cuadernos, caja. Puerta-caja, Calle-caja, pie izquierdo-caja, pie derecho-caja, pie izquierdo-caja, pie derecho-caja, escalera obscura-caja, puerta-caja, mesa-caja, sillón.
Teléfono, silencio. Teléfono, silencio.
Puerta, escalera obscura, café, hoja, tinta, carta, propina, mirada ciega. Pie izquierdo, pie derecho, luna, parque, banca, nube, estrellas, pie izquierdo, pie derecho, recepción, escaleras, habitación, teléfono, silencio, clasificados, teléfono, puerta, condón, propina, almohada.
Luz, ventana, escaleras, recepción, calle, ferretería, cable, calle-cable, escalera-cable, torniquete-cable, estación-cable, metro-cable, torniquete-cable, escalera-cable, calle-cable, escalera obscura-cable, puerta-cable, mesa-caja-cable.
Sillón.
Teléfono, silencio. Teléfono-silencio.
Sillón… Luna...
Mesa-caja-cable: Mesa-caja-carta.
Cable-trabe
cable-cuello
pies-silla
silla-piso
cable-trabe.
Silencio.
La historia de Carmen
Carmen se sienta y toma el cuaderno y empieza escribir que se sienta y empieza escribir, deja la pluma y piensa que deja la pluma y que piensa
Carmen deja de pensar y anda por su departamento, por su comedor, por su sala, mientras anda desliza la mano sobre el sillón, sobre el librero, sobre el cristal de la ventana porque no tiene perros ni gatos para acariciar. Carmen toma las llaves de su auto y se recarga en la puerta, no sale porque espera una llamada que no espera y porque el teléfono hace una demostración estoica de silencio.
Carmen mira su reloj pero no sabe la hora, se para frente al espejo pero no se mira, se sienta al lado de la taza del baño, espera que se caliente el agua, mira sus pies y no piensa nada, no escucha el teléfono que no suena. Carmen se baña en silencio, no porque no tenga con quien hablar pero porque no tiene nada que decir y entonces se calla como el teléfono.
Carmen desayuna y toma café.
Carmen toma las llaves de su carro y se recarga en la puerta, Carmen sale a la calle y anda, a pie con las llaves en la mano,
y dobla ala derecha
y dobla ala izquierda
y dobla
y dobla
y dobla
tantas veces que la ciudad ahora es un barquito de papel o una grulla o una rana y Carmen está parada en el centro y no se mueve, como un barco encallado o una grulla mal herida o una rana de papel o una ciudad origami y Carmen empieza a llover y el papel se arruga y se hace bolita, Carmen se acomoda en una grieta y el agua la cubre y allí se queda hecha bolita como la ciudad de origami, la rana, la grulla, el barco y el cuaderno en que escribe que cierra el cuaderno y deja de escribir
y cierra el cuaderno...
Si me he de morir quiero que se en Domingo
Tomé café, mucho, no voy a poder dormir, pero de cualquier manera no pensaba hacerlo. Me dueles en lo más profundo de la cabeza y del corazón, me dueles en el estómago, en las piernas, en los dedos de los pies. Me dueles y no estás ni siquiera para pedirme perdón, peor aún: Ni siquiera sabes que me tienes que pedir perdón porque jamás te he dicho que me dueles.
Es Domingo, son las once cuarenta de la noche (en otras palabras en veinte minutos será Lunes). Yo estoy encerrado, solo, otra vez. No me atrevo a pensar en ti y entonces pienso en todo menos en ti, y cada vez que mi cabeza se cruza con la idea de ti (lo que representas para mí pues al final ni siquiera es lo que de verdad eres) decido cambiar de tema. “El otro día estaba caminando por el Parque México y vi una ardilla, es raro ver ardillas en el Parque México porque no es como Coyoacán donde abundan por ser un lugar con más árboles… Un día fuimos a Coyoacán y caminamos, me acuerdo como te quedaste viendo ardillas/Cambiodetema/Tengo que llevar a arreglar mi carro, ha estado fallando mucho, el taller que está en la calle de Leonardo Da’Vinci me ha dado buen servicio… Leonardo Da’Vinci es uno de tus personajes históricos favoritos/Cambiodetema/”. Mi cabeza recurre constantemente a ti, a lo que creo que eres pero no eres de verdad. Es más, siendo honestos ni siquiera existes y eso es triste.
Es hora de cerrar y otra vez no llegaste. Quién.
Es hora de ir a casa, el viento está frío y camino solo de nuevo.
Es hora de dormir y abrazo a mí almohada.
Es hora de levantarse y cruzo la cama para apagar el despertador que está del otro lado.
Es hora de desayunar y cocino para uno.
Es hora de salir al trabajo y cierro con llave porque la casa se queda sola.
Es hora de comer y no tengo planes con nadie.
Eso hora de volver a casa y paso al café a esperarte.
Es hora de cerrar y otra vez no llegaste.
Es hora de cerrar, no quiero correrte pero tengo que hacerlo.
Es hora de tomar el segundo camión para llegar a casa y mientras ando pienso en ti.
Es hora de dormir, apago la luz y pienso en decirte algo mañana.
Es hora de levantarse y cruzo la cama para apagar el despertador.
Es hora de bañarse y el agua de la regadera está fría y me recuerda esta soledad.
Es hora de salir al trabajo y cierro con llave porque la casa se queda sola.
Es hora de comer y todos vienen al café excepto tú.
Es hora de que vayas llegando.
-¿Te quieres quedar otro rato? Cierro y platicamos un poco- -Sí, no tengo mucho que decir pero me gustaría.
Es hora de cerrar y quisiera decírtelo.
El espejo está roto y piensas, poéticamente, que te reconoces, que te identificas en él. Ese fragmento que ves eres tú. Tus nudillos gotean sangre. Tu mirada clavada en el piso como los fragmentos de espejo en tu piel. Estás solo rodeado de muchos tus pequeñitos mirándote mirarlos. Sientes que se ríen de ti y te sientes identificado con ellos, si no fueras tú el pendejo que sufre también estarías riéndote.
-Te lo dije- Te resuena en la cabeza –Te lo dije y no quisiste escucharme- tú estás hablando contigo repitiendo las palabras de alguien más. Te faltan ganas de verte como eres y te escondes en los otros, te escondes sonriendo, bebiendo, platicando. Te faltan ganas de verte y entonces no te ves pero miras a otro que está en el espejo.
“SolEdad/Felicidad” escribes con letras rojas en un lienzo blanco que será parte de tu exposición. No te miras en ese espacio en blanco que acabas de transgredir, tomas un fragmento del espejo y lo colocas en el lienzo, y otro, y otro hasta que quedas satisfecho y tienes una nueva pieza. La guardas en tu estudio.
En la galería todos te miran con respeto, llevas la mano vendada como muestra de que eres un artista activo que sufre por su arte, hablas de las cosas como si supieras algo de la vida. Todos los que están allí te aburren, te repugnan sólo piensas en esas palabras que te repetiste ayer por la noche –Te lo dije y no quisiste escucharme- Piensas en la tina llena de sangre, piensas en esa obra que vendiste hace ya varios años, piensas en tu padre, en el agua en su muñeca roja y su piel trozada, en el espejo del baño, en como lo miras morir y como lo miras pintar la cortina del baño, piensas en ti bañándote en esa casa dos días después, en el velorio, en la gente que te abrazaba en ese entonces y la que te abraza ahora y en como te importa un huevo lo que opinen. Te pagan lo que se ha vendido y vas al bar.
Con dos wihskeys estás borracho, la pérdida de sangre te ayuda a emborracharte –Te lo dije y no quisiste escucharme-. Recuerdas las palabras y bebes hasta perder el conocimiento.
Anda, que este culero está más frito que una mierda. El frío no te deja dormir y sientes que alguien manosea tu pantalón, no puedes pronunciar una palabra y despiertas con el sol de la mañana y la cruda de toda la vida. Miras a tu alrededor y buscas en tus bolsillos: Nada. Has perdido todo tu dinero, no sabes si lo bebiste o te lo robaron, al final no importa pues igual no está.
Vuelves a casa y rompes otro espejo. Sufres por tu arte. Lloras y lloras y nada te parece suficiente.
–Te lo dije y no quisiste escucharme- Recuerdas las palabras de tu padre –Te lo dije y no quisiste escucharme- y miras a tu alrededor y estás solo, completamente solo.
Medio día
Es en el silencio de la madrugada que se pone a pensar qué ha pasado esta noche.
06:09 P.M.
El bar está lleno. Ella en la barra. Él en el tráfico.
El bar está lleno. Ella, cerveza en mano, no mira a ningún lado. Él está a punto de llegar, no está en ningún sitio.
El bar está lleno. Ella es tarde. Él es disculpa.
El bar está lleno. Ella se repite. Él entiende.
07:15 P.M.
Cinco cascos vacíos sobre la mesa. Él en silencio no dice nada. Ella callada no guarda un secreto.
Cinco cascos vacíos sobre la mesa. Él con los ojos fijos en su cerveza ya empezada. Ella con la mano en la frente que ya despeinó su cabello.
Cinco cascos vacíos sobre la mesa. Él tiende la mano al otro extremo. Ella roza sus dedos muy suavemente.
Cinco cascos vacíos sobre la mesa. Él muerde su labio inferior. Ella se deja llevar por el beso.
08:20 P.M.
El quince de propina. Ella lo quiere seguir viendo. Él sabe que después de esta noche ya no será más.
El quince de propina. Ella mira sus ojos, su boca, su nariz, sus cejas, quiere recordarlo para siempre como hoy. Él la piensa, imagina cada beso que han compartido, imagina cada risa que se han dado, cada segundo que no la verá más.
El quince de propina. Ella lo empieza a reconocer. Él la empieza a recordar.
El quince de propina. Ella sabe que después de esta noche ya no será más. Él la quiere seguir viendo.
09:40 P.M.
Hay una botella de tinto a medio tomar en el comedor.
Hay dos copas vacías en la sala.
Hay luces apagadas.
Hay cenizas en el cenicero y en el cuarto.
10:00 P.M.
Hay dos cabezas en la almohada. Él susurra versos. Ella escucha canciones.
Hay dos cabezas en la almohada. Él besa una frente. Ella come un suspiro.
Hay dos cabezas en la almohada. Él Abrazo. Ella calor.
Hay dos cabezas en la almohada. Él sueña un sueño entero.Ella sueña otro eterno.
10:10 P.M.
Dos personas solas comparten una cama. Ella no quiere que despierte. Él no quiere dejar de soñar.
Dos personas solas comparten una cama. Ella la Luna. Él la Tierra.
Dos personas solas comparten una cama. Ella viaja en sus recuerdos. Él supone la acompaña.
Dos personas solas comparten una cama. Ella calla. Él otorga.
10:50 P.M.
Cuatro ojos se miran. Él silencio. Ella sombra.
Cuatro ojos se miran. Él solo. Ella triste.
Cuatro ojos se miran. Él Frío. Ella noche.
Cuatro ojos se miran. Él viento. Ella quietud.
12:07 A.M.
La colcha no cubre la cama. Ella acaricia su hombro. Él escalofrío en la espalda.
La colcha no cubre la cama. Ella su pie. Él su sonrisa.
La colcha no cubre la cama. Ella brazo izquierdo. Él cintura.
La colcha no cubre la cama. Se abrazan.
04:06
Los números rojos del despertador avanzan sin significar nada. Él.
Los números rojos del taxímetro avanzan sin significar nada Ella.
06:09 A.M.
(él)
Él Se queda con un vacío llenándole la boca y la mano izquierda extendida.
Ella sola se queda con (él) pero no en la boca, se queda con (él) en la cabeza y en el pecho. Lo mira y se queda con (él) quedándose sola.
Él no se queda con ella, sentado en el sillón, en la sala, en el pequeño departamento igual que el resto de los departamentos del edificio, igual que el resto de los edificios en la manzana, igual que el resto de las manzanas en la ciudad. Todos iguales, al final Todos lo mismo. Todos con mayúscula y entonces Todos dan igual y la mayúscula deja de importar.
Baja la escalera, no hay luz, un piso. Los árboles tocan la ventana, un piso más. Hay un nido de pájaros callados afuera, un tercer piso hacía abajo. Las ramas dormidas son más gruesas, otro piso. De aquí a abajo sólo es tronco que bien podría estar muerto o dormido. Otro piso,
un piso más,
el piso que sigue,
un último piso.
Puerta.
¿Para qué sales?. No sé. No te puedes estar quedando encerrado afuera tan seguido. Prefiero eso a estar encerrado adentro ¿Y si cuando vuelves ya no está?. No pasa nada de cualquier manera (él) ya no está, ni yo, ni tú. Pero no está bien. ¿No hablas de que me vaya, verdad?. No, hablo de /se le quiebra la voz como una copa de cristal que llora desde hace mucho/ (él). No lo digas, sólo /pausa y no se quiebra como una copa de cristal que de tanto quebrarse ya no se quiebra más/ no lo digas. No está bien. Ya sé. /Les duele tanto que se les quiebra hasta el silencio/
Sentados, callados, nerviosos, honestos, dolidos, resignados, tristes, apáticos, hartos, fríos, desahuciados, destruidos, desinteresados, distraídos, distantes: muertos.
Platos sucios, comidas a medio comer y a medio abandonar, sucios ellos, no hablan, no miran, no tocan, no hallan palabras para describirse lo que sienten, o para consolarse, no saben de dónde o cómo empezar. Su tacto, el de Él a Ella-el de ella a Él, los quema, los raspa, los lastima. Su tacto, el de (él), los mata y es lo único que los mantiene vivos.
Una noche Él musita -Unos días más- Ella llora en otro cuarto -Sólo unos días más-.
Una mañana Ella escribe -Unos días más- Él, lee sobre su hombro y llora. Llora sólo unos días más.
En el pecho de Ella hay un hueco enorme y algo que un día fue su pecho.
En la mano de Él no hay nada, hay vacío, hay frío y un ¡Pero no! que se siente como agua hirviendo, hay frío que quema por dentro y por fuera al mismo tiempo y sólo calienta más y quema más.
Les duele todavía. (Toda vía).
Así se siente la muerte piensa Ella y Él llora mientras tanto.
Un día, una noche,
otro día, otra noche,
sólo unos días más y otra noche.
La gente entra, les dice cosas, los abraza. Lloran con ellos. Lloran sin ellos. Lloran solos o no lloran. Él ya no llora. Ella ya no existe. Y (él)...
Sentados, callados, muy bien vestidos. La sala está obscura, alguien limpió los platos sucios, hay más gente con ellos pero ellos están solos. Todo está obscuro y ya no sienten nada.
Algún día Prometeo debía dejar de sentir el pico del cuervo. Ella-Prometeo, Él-Prometeo. Cuando Prometeo no siente el pico es que Prometeo o el cuervo está muerto. Ella-Prometeo, Él-Prometeo ya no sienten nada. Todos a su alrededor están callados. Ella-Prometeo, Él-Prometeo. Alguien dice unas palabras mientras baja a la tierra el féretro con (él) dentro. Ella y Él ya no tienen más que hacer en este mundo de mortales.
Del olvido
Para Pata y Angélica
Mi abuela se olvidó del mundo cuando mi abuelo murió. La recuerdo sentada debajo de una litografía de La vendedora de flores, rodeada de gente que no le importaba, mirando a sus hijas, mirando a sus nietos, cerca de la caja, una caja que mi abuelo no quería. Sus ojos viajaban de un lado a otro del cuarto grande y extraño para ella y para nosotros, extraño para todos salvo para la muerte. Nuestros ojos se cruzaron de lleno, ella me sonrío casi como un secreto, nadie más que yo lo vio y ahora ya no estoy tan segura de haberlo visto. Mi tía se acercó a ella y le dijo algo, mi abuela se paró de su lugar preferencial al lado del inerte cuerpo de mi abuelo y caminó al jardín, prendió un cigarrillo y miró la noche probablemente por última vez. No había una sola nube en el cielo cuando mi abuela se olvidó del mundo.
-¿Tú eres?
-Zantedeschia, abuela...
-¿Fumo, Zantedeschia?- Me preguntó medio año después del entierro.
-Sí, abue.
-Ya lo suponía ¿Me regalas un cigarro?
-Sí, abue- Encendí dos cigarros, uno para mí y uno para ella -¿Cómo es allá, abue?- Sonrió
-Es lindo, es calmado, a veces es como estar con tu abuelo... ¿Cuánto tiempo tiene?
-Seis meses, abue.
-¿vas a llamar a tu mamá hoy?
-La última vez me pediste que no lo hiciera... ¿Quieres que le cuente?
-No, creo que es mejor que no.
La noche de los ritos funerarios en honor a mi abuelo salí a fumar al jardín y abracé a mi abuela. Me dolía la muerte de mi abuelo, me dolía el dolor de mi madre y de mis tías pero sobre todo me dolía el dolor de mi abuela, no sabía cómo iba a ser su vida ahora que viviría completamente sola. "Te quiero mucho, Zante" me dijo y me señaló unos alcatraces al otro lado del jardín "Son lindos ¿No?" yo asentí, la abracé y seguí fumando sin decirle que también la quería. Le sugerí que mejor entráramos de nuevo porque empezaba a enfriar mucho. "Te voy a extrañar" murmuró mientras caminábamos, yo pensé en mi abuelo y sólo atiné a abrazarla más fuerte. La regresé a su silla debajo del cuadro, al lado de la caja, le di un beso en la frente y cuando aparté mi cara de la suya vi como todas las nubes que no había cielo habían tomado por asalto el azul de sus ojos.
-¿Abuela, estás bien?
-Sí, Zante, un poco triste.
-¿Segura que no quieres que llame a mamá?
-Segura, Zante, es más fácil pensar que para mí todos los días ya no son, es más fácil pensar que es consistente mi olvido, que el dolor no es porque no puedo recordarlo. Además no sé si la recuerde a ella como te recuerdo a ti
-Pero... ¿Y si ella quiere hablar contigo?
-Mira por la ventana: el día está claro, pero el viento sopla y quién sabe cuánto tarden las nubes en tomar el cielo. Tú misma me lo dijiste, a veces es cosa de minutos, a veces de horas pero el olvido siempre vuelve. Mejor nos quedamos tú y yo y nos acabamos este cigarro.
A las dos semanas del entierro me mudé a casa de mi abuela, yo necesitaba dónde vivir y ella compañía. Al principio mis tías y primas visitaban casi diario, mamá lo hacía diario, llevaban comida, pláticas, historias, a veces hasta silencios; el tiempo pasaba y los ojos de mi abuela se cubrían más y más de nubes. Mis primas dejaron de visitar y las visitas de mis tías y mamá se convirtieron en viajes al hospital "¿Qué tiene, doctor?","¿Mejorará?","¿Olvidará todo? ¿A nosotras también?", nadie hizo la pregunta importante.
-Oye, abue...
-¿Sí?
-¿Estás triste?
Habían pasados tres meses, el doctor había diagnosticado alzhéimer a mi abuela, nos había advertido que perdería la lucidez y que sería un cambio difícil, no lo fue. La mayoría de los días mi abuela no recordaba absolutamente nada, vivía en el olvido, en un limbo, con los ojos cubiertos de grandes nubes blancas y grises, apenas sombras de lo que era, esos días nos hacíamos amigas y nos contábamos secretos que le rebelas a la gente que sabes sólo verás una vez en la vida. Había días en que mi abuela recordaba parcialmente quién era yo, esos días eran dolorosos pues había que explicarle qué es lo que le ocurría y siempre preguntaba por mi abuelo "El abuelo murió, no sufrió, se fue en calma y feliz, tú lo tomaste de la mano hasta el último momento", también preguntaba por ella cuando de repente descubría que tenía dolores que antes no estaban.
-¿Podemos salir al jardín, Zante?- La ayudé a pararse y a ponerse la bata, no quiso ayuda para caminar. -¿Tú cuidas mis flores?
-Sí, me dijiste que las regara todos los días, excepto los alcatraces esos sólo...
-... Cuando florecen necesitan agua y después... Y después como tú... ¿Me regalas otro cigarro?- Extendí mi mano con los cigarros ella tomó uno y lo prendió -Eran las favoritas de tu abuelo ¿Sabes? y tú nuestra nieta favorita- Sonrió -No se lo cuentes a nadie- y yo sonreí también.
La última visita al hospital, hace ya más de un mes, fue la más difícil "Está muy mal" dijo el doctor con esa cara que aprenden a hacer desde su primer año como profesionales cuando ya no les importa; no los juzgo, no podría, tienen que aprender que no les puede importar o sería insoportable su trabajo. "Está muy mal y no hay nada que podamos hacer". El doctor recomendó que la dejáramos en el hospital, que no pasarían más de 24 horas.
-¿Estás cómoda?
-Sí, Zante- Me respondió mientras tomaba mi mano con la mano que tenía libre.
-¿Quieres...
-Nada, Zante, todo está bien... Me da gusto hoy recordarte. Te voy a extrañar.
Mi abuela murió una tarde con el cielo despejado, azul y brillante como si fuera primavera, que bien pudo serlo o no; mi abuela murió una tarde y el cielo no llovió, mi madre llovió, mis tías llovieron, mis primas llovieron; mi abuela murió una tarde en que yo sostenía su mano y sus ojos libres de nubes esa tarde no llovieron; mi abuela murió una tarde y yo corté alcatraces de su jardín; mi abuela murió una tarde con alcatraces en una mano, conmigo en la otra; mi abuela murió una tarde en que yo tenía a mi abuela en la izquierda y el corazón desgarrado en la derecha; mi abuela murió una tarde en que volvimos al cuarto en que nos despedimos de mi abuelo, aquel cuarto familiar a la muerte, aquel cuarto que empezaba a sernos familiar a nosotros también, aquel cuarto con La vendedora de flores, aquel cuarto desde donde se podían ver los alcatraces; mi abuela murió una tarde y nadie se olvidó del mundo cuando mi abuela murió; mi abuela murió una tarde en la que al final el sol se puso como siempre antecediendo a la noche y a una vida de amaneceres sin mi abuela; mi abuela murió una tarde condenándonos a todos a recordarla hasta que las nubes tomen por asalto nuestros ojos azul cielo, verdes claros, cafés y negros; mi abuela murió una tarde en que su mano me enchinó la piel, una tarde en que el silenció cubrió su casa, una tarde en que el viento no trajo nubes, una tarde en que recordó al mundo y decidió que no quería seguir aquí, una tarde en que tranquilamente fumó dos cigarros y pudo recordar con claridad todo para despedirse sin tristeza. Mi abuela murió una tarde en calma y feliz, apretando mi mano, mientras yo esperaba ver nubes.
Gris
Todo está obscuro mientras caminas, poco a poco tus ojos se acostumbran a la escasa luz pero no al paisaje que ante ellos aparece. Muros altos y largos hasta donde la obscuridad alumbra, la calle se angosta más conforme de ti se aleja, allá, en el fondo, a donde te diriges bien podría ser un ángulo agudo que cierra el camino. Los muros te cuentan una historia que no entiendes pero ves, sus paredes deslavadas hablan de olvido, una pared gris que un día fue verde crece a tu derecha, una pared que fue rosa ahora es gris a tu izquierda; un verde y un rosa que nadie recuerda ahora y que, en un futuro, a nadie le importará recordar.
Miras atrás, no volteas, miras atrás en el tiempo, y aunque nada te es claro todo te es familiar. Un poco de mezcal antes de salir de casa, un poco de perfume en el cuello, un poco tarde para una cita que no tienes. Cruzas la puerta, caminas por la calle que empieza a obscurecer, el gato pardo del vecino se cruza al oírte andar, todo te es familiar, tan familiar que ya no lo miras. Llegas a un bar, cualquier bar, cerveza, mezcal, un cigarro, más cerveza, humo, movimientos al ritmo de la música sentado en tu silla, evades las miradas ajenas, los ojos, los cuerpos que te rodean, no tocas nada y nada te toca, sabes que esta noche, tan cualquiera como el bar, nadie promete una plática interesante, una mirada que puedas recordar, un roce, nadie promete nada porque nadie es nada. Nada allí te llama la atención, nadie te es importante y por lo tanto nada te incomoda, aun así sientes la asfixia del olvido y necesitas salir de allí, necesitas olvidar y aunque no quieras lo harás.
Regresas a tu caminar, gastado como el color de los muros que crecen a tus lados, cada vez más grandes, cada vez menos posibles, más profundos, más grises, más nocturnos, más nada cada vez.
Sales del bar y entras a otro del que también sales para entrar a otro y a otro y para salir de ellos también como lo hiciste del primero como lo harás del último como rezarías un rosario y diez aves marías una y otra vez hasta que la mañana clareé y tú vuelvas tus pasos o los pasos de otro para volver a casa para volver a dormir a despertar al mezcal al perfume y al camino para llegar al bar para salir de él para volver a dormir.
Caminas tus pasos cansados como los muros que crecen, que son más grises, que son más neutros, que son más nada. Tus ojos vagan como tu cabeza entre el verde que ahora es gris y el gris que entonces fue rosa, vagan entre el piso justo debajo de tus pies y el camino que hay adelante sin esforzarse en ver más de lo que necesitan. A lo lejos un viejo espera parado muy antes del ángulo agudo de los muros. Miras al viejo y a su mirada más cansada que tus pasos y los muros que los separan del mundo y los unen como lo único que existe en el universo. Distingues en la penumbra su pose más gastada que cualquier gris que imagines, que cualquier rosa o verde que no recuerdes. Cruzas a su lado y él te mira mirarlo, su figura es sólo un recuerdo olvidado por alguien, es un espejo roto donde nadie se ve más, donde todo es vampiro sin reflejo, donde todos es vacío y todo es nada y nada también es nada, cruzas a su lado y lo dejas atrás. Caminas tus pasos cansados, entre los enormes muros sin oler a mezcal o a perfume, caminas mirando al frente sin mirar nada y tras de ti escuchas el frío sonido metálico del arma que sabes que acabará con tu vida y sin mirar atrás miras atrás en el tiempo sentado en tu escritorio aprietas el frío gris metal que pesa sobre tu mano derecha gastada con los ojos perdidos en la lluvia que escurre por la ventana.
Sobre una nota publicada en Pijamasurf
“-En mi vida tengo dos deseos secretos. Por un lado viajar a los tiempos de la Dinastía Qing para filmar una película sobre el emperador, y el otro es viajar al espacio exterior- expresó una de ellas en una carta que escribió antes de terminar con su vida.”
Addendum
En mi muerte, por otro lado, las cosas cambian, no tengo deseos pues al morir ya no se desea, se tiene. El universo se expande ante tus ojos (aunque sólo por un segundo) y es posible verlo y sentirlo todo, lo que es y será (desafortunadamente no lo que fue). Lo curioso de esto es que aun así puedes volver a experimentar lo que fue pues el universo es infinito y es esa cualidad de algo que no termina la que le permite hacerlo todo otra vez en otro lado todo pasa igual y, al mismo tiempo en otro lado todo pasa de otra forma, y en algún otro lado más nada pasa.
Sé ahora, tristemente, que nada resulta tan grave, nada es irremediable, que el tiempo en realidad no transcurre, que las cosas no envejecen, que todo se acaba y vuelve a empezar, que todo está ocurriendo todo el tiempo y nada tiene relevancia aunque todo sea importante.
En la muerte el Big bang y Dios no están peleados, el creacionismo y la evolución existen mano a mano. El universo se revela lo suficientemente basto como para no tener que preocuparse por una u otra cosa. La pretensión del saber, de la omnipresencia, la idea de la ignorancia se vuelven una misma. Todo es y nada es
La mañana siguiente
Despiertas bajo un techo que no reconoces cuando el sol te pega en la cara. Dormiste con la cortina corrida y la ventana a medio cerrar. No tienes ganas de levantarte pero te levantas. Te duele la cabeza y no sabes dónde estás. No piensas nada porque sabes que siempre piensas lo mismo, no piensas, “Qué paso ayer” o “Dónde estoy”, sólo no piensas hacerte otra vez las mismas preguntas.
Sales del cuarto donde dormiste, no reconoces el departamento pero no te importa. Caminas buscando el baño, hay sólo tres puertas, descartas la puerta que es diferente, es la cocina, es demasiado obvio como para no saberlo. Sin pensar abres la puerta de la izquierda, es el baño, orinas y estudias el lugar. Te lavas las manos, te miras al espejo, te echas agua en la cara, peinas tu cabello con las manos, corres la cortina y revisas cuántas botellas de shampoo hay.
Sales del baño y miras los sillones, las sillas, los cuadros, el color de las paredes, el cenicero sucio en la mesa de café al lado de una cartera. Hurgas tus bolsillos buscando cigarros, sólo hay dos en la caja y un encendedor, pones uno en tu boca y el otro sobre la mesa de café. Prendes tu cigarro. Inhalas, exhalas y te dejas caer en el sillón. Miras el techo, la lámpara se te hace extrañamente familiar. Sientes que empiezas a recordar pero no es así. No te preguntas nada. Todo te es extraño y al mismo tiempo te es extrañamente familiar.
No hay nadie en el departamento.
Caminas a la cocina. Abres el refrigerador. Medio litro de leche, seis huevos, unas rebanadas de jamón. Cocinas para ti. Desayunas o comes, no sabes la hora. Te gustaría que hubiera café, buscas en los muebles de la cocina. Nada encuentras, nada te es familiar y nada te es ajeno.
Regresas a la sala. Prendes tu otro cigarro. Fumas en paz.
Levantas la cartera, la examinas, sacas una credencial, no reconoces a quién está en la foto. Una vez más te invade el sentimiento de extraña familiaridad, no te es ajeno ni te es propio ese rostro.
De pronto te paras de golpe y corres al baño, te miras al espejo lleno de miedo, reconoces el miedo en tus ojos. Aprietas la credencial en tu mano y lloras, no recuerdas nada excepto no recordar.
Si tan sólo
Hace 15 días ocurrió por primera vez, desde entonces todas las tardes te he visto.
Yo camino cansado de vuelta a casa, mochila al hombro. Es la hora en que las hojas que cargo parecen pesar más, los zapatos ya no me ajustan, cae el sol y el naranja del ocaso empieza a volverse gris. Es la hora en que cruzas mi camino, paseas a tus dos perros, un schnauzer miniatura y un pastor alemán (tengo que imaginar que vives en una casa con jardín). Andas en pantalones de yoga, tenis y, como es invierno, una chamarra gruesa (la chamarra no me deja ver tu torso claramente pero te imagino delgada), la bolsa que cargas es grande (perfecta para llevar dos libros y una cartera gorda), tienes unos lentes de sol colgados al cuello, caminas con calma, andas de este a oeste como siguiendo al Sol a su escondite o a un nuevo día (o más bien siguiéndolo al mismo día), no usas audífonos y tienes cara de Estela (o pienso eso sólo porque sigues el camino que el Sol deja a su paso). Me quedo parado en la esquina y veo como te alejas, cuando tu figura es una silueta más, retomo mi camino.
Llegando a casa es la misma historia de siempre, mochila al lado de la puerta, un poco de música, cocinar la cena y la comida de mañana, comer la primera y guardar la segunda, un baño, los dientes y a la cama.
Con la luz apagada mi mente toma consciencia de sí misma y empieza a hacer de las suyas. Antes la cosa era más variada, pensaba en el trabajo, en la escuela, en la fiesta de la semana pasada o la del próximo sábado, pensaba en una película, un chiste, una plática, una lectura, y (mientras el sueño se hacía más corpóreo) las imágenes se volvían más coloridas y bizarras; ahora, de esos mismos quince días para acá, mi mente hace sólo una cosa en esos pocos minutos: vuelve al naranja del ocaso, a ese principio de gris cuando te miro alejarte, cuando andas tu camino como el Sol, y no miras para atrás, cuando el día empieza a terminar y la mañana siguiente se presume inevitable, y mi mente piensa ¡Si tan sólo me gustaras un poco!.
Sostenidos y bemoles
-Tócame algo
-¿si te toco aquí?
-No, bobo, tócame algo en el piano.
-Mmmm… Ya sé te…
-No: Componme algo, sólo con sostenidos y bemoles, algo tierno.
-No
-¿No?
Con esas notas no hay música tierna, te puedo componer algo triste y lento.
-Los changuitos es linda
-Los changuitos usa más que sostenidos y bemoles
Él se sentó al piano, ella a sus espaldas de espaldas a él. Tocó toda la noche para ella, sólo sostenidos y bemoles, tocó una pieza lenta que no se acababa nunca, gasto con cada golpe las cuerdas, con cada nota tocada el piano no volvería a ser el mismo.
-No quiero que pares
-No lo voy a hacer
-No quiero que pares nunca
-No lo voy a hacer nunca
-Sigue tocando
Él siguió de frente al piano y ella siguió a espaldas de él, ella empezó a llorar en silencio y él lloraba con las notas que tocaba, él lloraba música y ella cachos de su corazón.
-Si te equivocas y tocas algo que no quieras no me lo digas: No quiero saber.
-No me voy a equivocar.
-No me lo digas.
-Pero si lo haces…
-No lo haré
La pieza se oía en cada cuarto
-No me lo digas por favor.
Todos los cuartos vacios.
-Me quedaré callado y seguiré tocando
Se sentó en el banco y miró sus manos vagar por el piano: Cayendo aquí y allá, las manos seguían la melodía y no la melodía a las manos, ellas obedecían al piano y estaban sometidas a su voluntad. Lo abrazó por la cintura y recargo la cabeza en su hombro, los dos siguieron llorando a su manera.
-Estoy llorando
-Sí, yo también.
-Por favor
-No te lo voy a decir
-Me gusta abrazate
-No me voy a equivocar
-Oye
-Qué
-… No mejor nada
Sostenidos y bemoles
-Oye
-Qué
-Cuál es la diferencia entre los sostenidos y bemoles
-No te lo voy a decir
Afuera está amaneciendo
-Está amaneciendo […]
Adentro también amanece
- […] me tengo que ir
Ella se lavó-la-cara-se-vistió-y-cerró-la-puerta-al-salir y él se quedó-callado-tocando, no se equivocó en toda la noche, no le dijo quédate, no te cases, déjalo, no te vayas, no me dejes de abrazar, no me dejes-nomedejes-no-me-dejes porque ella lo hubiera escuchado y le hubiera hecho caso.
La institución
Paredes blancas, techos blancos, pisos blancos, sábanas blancas, gorras blancas, gorras blancas, pantalones blancos, zapatos blancos, camisas blancas, tres meses blancos en este maldito manicomio.
-Dicen que el blanco es la mezcla de todos los colores ¿qué los hace pensar que nos tranquiliza?
-Tres horas de luz blanca al día- dijo mi doctor.
-Yo estoy aquí por gusto puedo irme cuando quiera.
-Ponga la mente en blanco- dijo mi doctor –no piense en nada- con su bata blanca, viéndome.
Cerré los ojos, adentro de mis párpados era blanco, blanco, blanco, blanco, blanco, blanco, blanco, todo era blanco.
-Qué recuerdas además del blanco- dijo mi doctor
-Blanco, blanco, blanco, blanco, blanco, blanco, blanco, todo era blanco: Le pegué en la cabeza con el martillo, tenía que sacarle lo que traía adentro, empezó a salir un líquido blanco y pegajoso, lleno de grumos, pero no era eso lo que le tenía que sacar. Ten{ia mucho miedo y me gritaba que no siguiera, no era él era una voz adentro de mí o afuera, una voz que no conocía. Me senté en su espalda y le seguí pegando hasta que se le salieron los ojos (Todo era blanco, blanco, blanco) todo era blanco, cuando se calló me paré, los muebles, el piso, las paredes: Todo estaba salpicado de blanco, mis manos también.
En las mañanas aquí encerrado huele a blanco, en las tardes el patio huele a blanco, en las noches, huele a blanco, es casi imperceptible de noche pero huele y se te mete por la nariz hasta la frente y te hace llorar mucho los ojos; los huevos de desayuno, el caldo de la comida, los frijoles todo es blanco en este puto lugar y todo te hace llorar.
-Qué ves- dijo mi doctor enseñándome una mancha
-Una mancha
-No, qué te recuerda
-Le pegué con el martillo en la cabeza, se le salieron los ojos, la parte blanca estaba pegajosa y los tome con la mano, los aplaste (blanco, blanco), la parte blanca se salía por mis dedos (los aplaste: a-plas-te) olía a blanco. Tomé el placard del doctor y le reompi la cabeza muy rápido, tan rápido que no pudo decir nada, tome el placard del doctor con su nombre muy oficial grabado en letras blancas, todo es blanco en este puto lugar,
Quería saber cómo fue, yo quería decirle, él quería saber y yo le enseñé, le rompí la cabeza como un huevo blanco de un placardsazo
-yo estoy aquí por gusto me puedo ir cu
Tomé el placard y rompí el vidrio del escritorio como la cabeza del doctor como aquella primera cabeza y con el vidrio
Mi doctor dijo –qué recuerdas además del blanco-
Rompí el vidrio de su escritorio y me lo clave en el pecho y en los brazos, y me lo clave en los ojos y en el estómago.
El doctor tome la cabeza del doctor todo es blanco estaba en el piso y rompí el placard en su cabeza
Él hice lo que tenía que me puedo ir
y me corté los brazos y las piernas, y me corte el estómago y el pecho, y me tendí en el piso y con las fuerzas que me quedaban me corté los ojos y me dolía pero ya no veía blanco.
Silencio equivocado
Un hombre mira una ventana esperando que la mujer que ama se asome.
Una mujer mira el teléfono esperando que el hombre que ama la llame.
A las doce ambos miran el reloj y el silencio equivocado les parte el corazón.
La paz
Cuando nací me hablaron de la “paz”
-Cosa linda es la paz- decía mi madre en su sillón favorito
-Es lo que todos queremos- decía mi padre tras sus anteojos
-Tú la llevas dentro de ti- decía mi abuela con su bastón
-Tu abuelo descansa en paz- me decían otros
Yo siempre le temí a la paz y por eso
agradezco vivir en este mundo
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